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Leyenda

La calle Olmedo

La leyenda de la calle Olmedo

By Max Pixel

Leyenda de la Calle de Olmedo

Todo ocurrió en una calle del barrio Olmedo, en la ciudad de México, durante una noche de la primera mitad del siglo XVIII. El cielo permanecía oscuro y la ciudad dormía bajo el silencio más absoluto. La oscuridad nocturna sólo era interrumpida de vez en cuando por algún faro o por llama agonizante de un cigarrillo. En medio de este escenario, un fraile corre entre las calles desoladas, llevando en una de sus manos un rosario y en la otra un crucifijo apretado en el pecho. Luego de cruzar una esquina, un hombre extraño lo aborda, pero el fraile logra zafarse de él y cruzar la calle mientras el otro lo sigue. Sin importar qué rumbo tome, el otro no deja de perseguirlo a través de las aceras y las puertas cerradas de las casas. Cansado de la situación, el fraile se detiene y encara a su perseguidor, quien le explica que hay alguien moribundo y que por eso lo necesita, para que le dé su bendición.

—Estoy cansado y el monasterio todavía está lejos. Lo siento, no puedo ayudarlo —se excusa el fraile.

—No puede dejar que alguien se muera de esta manera, sin que su alma sea perdonada —le insiste el otro.

Sin esperar esta vez una respuesta, el hombre empuja al fraile dentro de una casa oscura y fría. En medio de las tinieblas, lo conduce hasta una habitación por la cual entran al traspasar una puerta estrecha. Sobre el lecho fatal, yace una mujer joven y hermosa.

—Es a ella a quien debe confesar —le comenta su secuestrador.

El fraile siente miedo. Observa a la mujer y descubre un rosario entre sus manos y sus senos níveos entre la ropa rasgada. El fraile mira al hombre y este no le da explicaciones, le pide que continúe con su trabajo, que la mujer está próxima a morir. El fraile se agacha y oye la confesión de la mujer durante largo rato. El hombre se desespera y lo saca de la casa a empellones. Poco después de cerrada la puerta, se oye un grito desgarrador desde el interior de la casa. El fraile golpe a la puerta, la patea, quiere tumbarla, pero no puede. Comienza a orar de rodillas frente a la casa y lo hace durante mucho tiempo, pero luego se levanta y se va.

Cuando sale de la calle Olmido, como si abandonara el espacio de un lugar extraterrenal, el fraile camina con la cara llena de angustia. La gente ya comienza a salir de su casa lo mira extrañado, parece un demente. Pensando todavía en el crimen que cree haber presenciado, quiere buscar consuelo en su oración; pero no encuentra por ninguna parte su rosario. Debió dejarlo en la calle Olmedo. De esta manera, se decide a contarle todo a las autoridades. Cuando llega a la plaza, se encuentra con el alcalde y lo arrastra hasta la casa del homicidio. Enterado de la historia, el alcalde toca tres veces a la puerta sin obtener ninguna respuesta. Entonces advierte que viene en representación del rey, pero no se escucha nada del otro lado.

Extrañado por la situación, el alcalde intenta forzar la cerradura, pero se da cuenta de que está llena de telaraña. Entonces mira al fraile, quien le asegura que estuvo ahí la noche pasada, y que, como prueba de ello, encontrarán su rosario en el lecho de la finada. Todavía dudando, rodeado de una muchedumbre rumorosa, el alcalde desenvaina su espada y abra la puerta de un zarpazo. Adentro, la casa está vacía. El fraile dirige al alcalde hasta la puerta estrecha y la abre temiendo lo que pueda encontrar al otro lado. Tal y como se lo había asegurado a su acompañante, encuentran un lecho con el rosario perdido y un esqueleto con joyas femeninas.

—Tal y como usted dijo, aquí está la prueba del crimen; pero esto ocurrió hace muchos años… —le comenta el alcalde.

—¡Confesé a un alma en pena! —grita el fraile antes de caer desmayado.

Mientras tanto, la gente sale de la casa con la fantástica historia entre sus labios.

Leyenda

Ríos, cárceles y demonios: la gran variedad de leyendas mexicanas

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Foto: Cultura Colectiva

Leyendas mexicanas

No cabe duda de la riqueza cultural de México, se puede ver reflejada sin ningún problema en las tradiciones y las costumbres, los lugares y las comidas. En todos los aspectos hay un pedacito del país y un punto que no se puede dejar pasar desapercibido es que también las leyendas e historias son abundantes en el territorio tricolor.

Ante la gran variedad de culturas y tradiciones que se juntan en México, para nadie es una sorpresa que las grandes leyendas que se cuentan en las regiones del país tengan infinidad de escenarios: ríos, cárceles, puentes, callejones, los volcanes y su cuento de amor, y hasta casinos.

Contar solamente tres de las leyendas más sonadas del país podría ser injusto ante la gran variedad de historias que se cuentan, pero aquí hay tres de las leyendas más populares.

La llorona

Foto: Espinof

Difícilmente hay algún mexicano que no haya escuchado hablar sobre la llorona y su escalofriante grito. No todos pueden relatar la experiencia paranormal de oírla, pero en esencia todos imaginan la forma en la que suena.

La leyenda cuenta que la Llorona es una mujer que deambula por las calles de la Ciudad de México en busca de los hijos que ella misma asesinó en una noche cuando todavía se recorrían las calles de la Nueva España.

Hay un sinfín de versiones de esta historia, se podría decir que prácticamente en cualquier ciudad por la que cruce un ruido, hay quienes juran haberla escuchado, pero en esencia, la historia es la misma.

Una mujer se enamoró de un caballero y se volvieron amantes, sin embargo, cuando ella pidió formalizar, él se negó debido a que era un hombre de la alta sociedad y no estaría bien visto.

Ciega de la ira, la mujer llevó a sus hijos a la orilla del río que estaba cerca de su casa y los asesinó con un puñal.

A partir de entonces no se supo más de ella, hasta la fecha hay quienes juran haberla escuchado, otros tantos aseguran observar a una bella mujer vestida de blanco, lo único que coincide de las historias es el aterrador grito que emana: ¡Ay, mis hijos!

El casino del diablo

Foto: elfonografo.mx

En la zona norte del país hay una historia que le pone los pelos de punta a cualquiera. El Casino de la Colonia Country Club se encuentra actualmente abandonado y sus ruinas se pueden visitar sin ningún problema, aunque se cuenta que ahí se hacen rituales satánicos. Todo se debe a que en los años 60 hubo un suceso que hizo que el inmueble sea conocido como el Casino del Diablo.

La leyenda cuenta que un 31 de diciembre de 1950 se daría un gran baile en el mencionado casino y todos los jóvenes se entusiasmaban por asistir, especialmente las muchachas que pasaban horas arreglándose para bailar toda la noche con algún chico.

Una jovencita Linda, quien tenía 16 años, se arregló de tal suerte que sería la más bonita en el gran baile, pero se encontró con la negativa de sus padres para dejarla ir al recinto.

El enojo de Linda la hizo tomar la decisión de ir al baile a pesar de la decisión de sus padres, se escapó por la ventana de su cuarto y se fue con sus amigos que ya la esperaban fuera.

Una vez en el baile todos querían estar una pieza con ella, pero ella solo aceptó a un joven de cabello negro y grandes ojos. A la media noche, Lina comenzó a sentir mucho calor, como si la quemara la espalda. Después de bailar con el muchacho comenzó a oler a azufre y en el centro de la pista notaron que el joven que bailaba con Linda tenía una para de gallo y otra de cabra.

El fuego se adueñó del lugar y nadie supo más nada de Linda o el caballero con el que bailó, muchos dicen que de la impresión fue internada, otros dicen que se fue con el diablo. Lo único seguro es que el casino no volvió a abrir sus puertas.

La mulata de Córdoba

Foto: Yahoo Noticias

Por allá del año 1618 en la Villa de Córdoba en la Vera Cruz o Verdadera Cruz, se hablaba de una hermosa mujer cuyo origen nadie conocía, solo se sabía su belleza y que todos se sentían atraídos hacia esa dama que tenía sangre negra y española, una preciosa mulata.

Algunas personas decían que era conocedora de la medicina, que incluso conjuraba tormentas y predecía sucesos naturales, incluso que era capaz de curar las más grandes enfermedades de la época solamente con yerbas.

Mucha gente crédula afirmaba que la mulata tenía un pacto con el mismo demonio y que tenía poderes mágicos, es por ello que la Santa Inquisición la apresó y la envío a San Juan de Ulúa.

Un día en la prisión le solicitó al carcelero un trozo de carbón y cuentan que la mujer dibujó un barco de grandes velas desplegadas al viento. Ante la sorpresa del guardia ella subió a la nave y desapareció.

Del policía solamente quedó un hombre en la locura que fue encontrado al día siguiente con el calabozo vacío y la razón completamente perdida.

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Vera Cruz

La leyenda de la Vera Cruz

Piero della Francesca [Public domain], via Wikimedia Commons

La leyenda de la Vera Cruz

La Vera Cruz, también conocida como Santa Cruz o la Verdadera Cruz, es la cruz de madera en la que fue crucificado Jesús de Nazaret. Esta es considerada por la Iglesia Católica y por la Iglesia Ortodoxa como una de las reliquias más importantes, pues sirve de testimonio de la existencia y de la pasión de Cristo. Según narra la Biblia, Jesús fue crucificado en el Gólgota (Monte del Calvario) junto a dos ladrones: Dimas (el bueno) y Gestas (el malo). Luego de su muerte, fue descolgado y su cuerpo fue entregado a María, María Magdalena, José y Nicodemo. Entretanto, parece que la cruz desmantelada y enterrada en el mismo lugar, donde después se erigiría un Templo a Venus.

Según cuenta la leyenda, Santa Elena, madre del emperador Constantino y famosa por su piedad, peregrinó hacia Tierra Santa en el siglo IV. Este viaje lo hizo con la intención de ir al monte Calvario (Gólgota) y recuperar la cruz de Cristo y los restos de los Reyes Magos. La búsqueda de estos últimos tuvo éxito, por lo cual los envió a la Catedral de Colonia, donde se conservan junto a los restos del Apóstol Matías. En cuanto a la cruz, tuvo que demoler el templo de Venus que se encontraba en el lugar y dedicar todo el esfuerzo de sus hombres a excavar el lugar. Finalmente, la cruz fue encontrada y, por sugerencia del obispo Macario I, mandó a erigir un templo en aquel lugar (la Basílica del Santo Sepulcro) y uno más en el monte de los Olivos. Entretanto, la cruz fue conservada entonces en Jerusalén.

En el año de 451, el concilio de Calcedonia ascendió a Patriarcado a la diócesis de Jerusalén, que fue constituida en el año 30 d. C. De esta manera, luego del cisma de Oriente, el Patriarcado quedó en manos de la Iglesia Ortodoxa Griega. No obstante, en el 614 Jerusalén cayó en las manos de los persas, quienes atacaron la ciudad bajo el mando del persa Cosroes II en 614. Estos gobernaron en Jerusalén hasta 1099, cuando tuvo lugar la Primera Cruzada. El llamado a la guerra fue hecho por el Papa Urbano II, al que acudieron las fuerzas del Sacro Imperio Romano, la República de Génova, el Reino de Inglaterra, Lotaringia, Tarento, el Imperio Bizantino, el Ducado de Apulia, Blois, el Reino de Cilicia, Boulogne, Provenza, Flandes, Normandía, Bearne, Vermandois y Le Puy-en-Velay. Así, se instauró el Reino de Jerusalén, que sobrevivió hasta 1187, cuando fue invadido por los ayubíes al mando de Saladino. Sin embargo, la cruz fue llevada a Europa por los templarios.

Después de estos hechos, no se tienen testimonios verificados sobre el paradero de la Vera Cruz, al menos completa. Por el contrario, se diversificaron supuestos fragmentos y astillas de esta en toda Europa. El mismo Calvino llegó a decir que con toda la madera de esas supuestas cruces se podría construir un barco. No obstante, el historiador Charles Rohault de Felury, luego de estudias todos los registros que se habían hecho en la época medieval de las partes de la Vera Cruz, llegó a la conclusión en 1870 de que, juntas, no sumaban ni la tercera parte de las dimensiones reales de la cruz, que era de tres metros. En la actualidad, diferentes iglesias de todo el mundo afirman tener un fragmento de la Vera Cruz, como la Abadía de Heiligenkreuz (Austria), la Iglesia de San Francisco (Popayán, Colombia) y templos y museos de España, Honduras, Guatemala, México, Costa Rica, Chile, Perú y Nicaragua.

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Cruz de Caravaca

La leyenda de la cruz de Caravaca

From Pixabay

La leyenda de la cruz de Caravaca

La Cruz de Caravaca, según afirma la tradición cristiana, es la cruz en la que fue crucificado Cristo, por lo cual se conserva como una reliquia de la Iglesia Católica. En la actualidad, se conserva dentro de un relicario un fragmento con forma de cruz patriarcal, con un doble juego de brazos horizontales (el inferior de diez centímetros y el superior de siete centímetros) y una sola viga vertical de diecisiete centímetros. Este se encuentra en la Basílica del Real Alcázar de la Vera Cruz, en la ciudad de Caravaca de la Cruz, en la región de Murcia, España. Por la leyenda que la soporta, esta reliquia es considerada como patrimonio religioso de la Cofradía de la Santísima y Vera Cruz de Caravaca.

Según cuenta la leyenda, Santa Elena, madre del emperador Constantino y famosa por su piedad, peregrinó hacia Tierra Santa en el siglo IV. Este viaje lo hizo con la intención de ir al monte Calvario (Gólgota) y recuperar la cruz de Cristo y los restos de los Reyes Magos. La búsqueda de estos últimos tuvo éxito, por lo cual los envió a la Catedral de Colonia, donde se conservan junto a los restos del Apóstol Matías. En cuanto a la cruz, tuvo que demoler el templo de Venus que se encontraba en el lugar y dedicar todo el esfuerzo de sus hombres a excavar el lugar. Finalmente, la cruz fue encontrada y, por sugerencia del obispo Macario I, mandó a erigir un templo en aquel lugar (la Basílica del Santo Sepulcro) y uno más en el monte de los Olivos. Entretanto, la cruz fue conservada entonces en Jerusalén.

En el año de 451, el concilio de Calcedonia ascendió a Patriarcado a la diócesis de Jerusalén, que fue constituida en el año 30 d. C. De esta manera, luego del cisma de Oriente, el Patriarcado quedó en manos de la Iglesia Ortodoxa Griega. No obstante, en el 614 Jerusalén cayó en las manos de los persas, quienes atacaron la ciudad bajo el mando del persa Cosroes II en 614. Estos gobernaron en Jerusalén hasta 1099, cuando tuvo lugar la Primera Cruzada. El llamado a la guerra fue hecho por el Papa Urbano II, al que acudieron las fuerzas del Sacro Imperio Romano, la República de Génova, el Reino de Inglaterra, Lotaringia, Tarento, el Imperio Bizantino, el Ducado de Apulia, Blois, el Reino de Cilicia, Boulogne, Provenza, Flandes, Normandía, Bearne, Vermandois y Le Puy-en-Velay. Así, se instauró el Reino de Jerusalén, que sobrevivió hasta 1187, cuando fue invadido por los ayubíes al mando de Saladino. Sin embargo, la cruz fue llevada a Europa por los templarios.

De esta forma, la Cruz de Caravaca, hecha con la madera de la Vera Cruz (Lignum crucis, como se conoce a esta madera legendaria), cayó en manos del emir Ibn Hud, que gobernaba sobre Al-Andalus. La leyenda dice que un grupo de prisioneros cristianos llegó a la ciudad de Caravaca. El emir Ceyt Abuceyt le dijo al sacerdote que iba con ellos que celebrara una misa, pero este no tenía cruz. Sin embargo, luego de decir esto, un par de ángeles le entregaron la Cruz de Caravaca. Once años después, Caravaca fue conquistada por Fernando III y la cruz pasó a su poder, convirtiéndose en el emblema de sus fuerzas y del mundo hispano no islámico. La cruz fue atesorada durante muchos años y protegida de su robo, como ocurrió durante la invasión napoleónica; aunque de todas maneras fue hurtada en 1934. Después de la Guerra Civil, el papa Pío XII la devolvió en 1942 y su culto se extendió por otros países de Europa.

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