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Argentina

El nacimiento de los picaflores

Ernst Haeckel [Public domain], via Wikimedia Commons

Leyenda El nacimiento de los picaflores

En las cercanías del lago Paimún vivían dos hermanas jóvenes y hermosas, Painemilla y Paineflu. Un día, mientras recorría la vasta región, el gran Inca se enamoró de Painemilla y le pidió que se casaran. Así que ambos se fueron para las lejanas tierras donde este gobernaba, y se instalaron en un palacio de piedra erigido cerca de la montaña de Litran-Litran. Mientras tanto, su hermana se quedó en el lago. Con el pasar del tiempo, Painemilla supo que estaba embarazada. Supo además, de mano de un sacerdote de la región, que tendría un niño y una niña, y que ambos tendrían una hebra de oro en el cabello. Dado que el Inca tenía que viajar para el norte, Painemilla decidió llamar a su hermana y traerla al palacio para que le hiciera compañía. Fue así como ambas se reencontraron luego de tanto tiempo, aunque ahora las cosas eran muy distintas.

Painefilu sentía una gran envidia de su hermana, pues le había tocado una vida fácil, llena de abundancia y del amor que le profesaba el Inca. Pasaba entonces las noches atormentada por la ignorancia que tenía su hermana de la maldad y por las miradas llenas de ternura que le daba el gobernante a esta. Aun así, nunca se había atrevido a decir algo o a actuar de acuerdo a estos sentimientos secretos. Por el contrario, le brindaba toda clase de cuidados a su hermana, tragándose aquello que tanto la atormentaba. Esta impostura se extendió hasta el momento del parto, cuando Paineflu convenció a Painemilla que había dado a luz dos perritos, escondiendo a los mellizos dentro de un cofre que arrojó en el lago Huechulafquen.

Painemilla se pasó los días llorando y amamantando dos perritos creyendo que eran sus hijos, hasta el día en que regresó el Inca. Este estaba furioso y decepcionado, así que desterró a Painemilla, mandándola a vivir dentro de una cueva, y asesinó a los dos perritos sin mostrar piedad alguna. En cambio, Paineflu continuó viviendo en el castillo, paseándose por los pasillos sin emitir ninguna palabra. Mientras tanto, el cofre había logrado salir a la superficie, sorteando la corriente, esquivando las ramas y atravesando las piedras y las aguas. Por el brillo de la cerradura de oro, el Sol, Antü, divisó el cofre desde lo alto y decidió cuidarlo, brindándole calor y sombra según lo creyera conveniente. De esta forma, el cofre navegó a lo largo y ancho del lago hasta ser descubierto por un anciano que pasaba por el lugar. Este lo sacó de las aguas y lo guardó dentro de su casa, aplazando la apropiación de la hermosa cerradura porque era la hora de comer. Mientras el viejo y su esposa consumían sus alimentos, escucharon varios ruidos extraños que provenían del cofre. Así que decidieron abrirlo, descubriendo así a los dos hermanos.

Una tarde, el Inca se paseaba por la orilla del lago taciturno, pensando inútilmente en los hijos que nunca había tenido. Sumergido en estas cavilaciones, pasó junto a dos jóvenes que jugaban solos por ahí. La nostalgia del Inca le llevó el brazo hacia la cabeza del varón y le escurrió los dedos entre la cabellera, en donde encontró la hebra de oro que antes le había profetizado el sacerdote. Luego de reconocerse, y de escuchar los reclamos de sus hijos, el Inca los llevó junto a su madre de nuevo al palacio de Litrán. Paineflu fue castigada y echada del palacio por sus propios sobrinos. El varón levantó su brazo y pidió al Sol, Antü, que la piedra que sostenía entre su mano se convirtiera en un rayo. Así fue, y este cayó sobre Paineflu, que quedó reducida a cenizas. Sin embargo, cuando el viento sopló, emergió un pajarito de entre los restos, un picaflor (colibrí). Y por eso este pájaro tiembla todo el tiempo, porque todavía tiene miedo.

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