Según cuentan los más sabios, la piedra de Juluapan esconde el tesoro de un rey antiguo. Esta se puede encontrar al noroeste de Colima, no muy lejos de esta ciudad. Desde el lugar en el que los montes se ven azules, se puede apreciar un cerro alto y rocoso conocido como Juluapan. En la mitad del flanco de este se encuentra la piedra, que no se ve azul porque está más cerca. Dado que el contraste que tiene con las demás cosas que la circundan, esa roca ha llamado la atención durante siglos de todas las personas que viven en el lugar. Es por ello que algunos creen que ha estado desde el inicio de los tiempos. Esta leyenda ha sido referida principalmente por la comunidad indígena que vive al pie del cerro. Por esta razón, cuentan que tienen amarrada la piedra con cadenas y cables para que no se les venga encima y los aplaste a todos. Pese a esto, los indígenas tampoco pueden irse del lugar, pues ese es el castigo que les han impuesto sus dioses, por haberlos desobedecido. Así, se la pasan día y noche pensando en la inminente caída del monolito.
Según dicen, una vez cabalgó hasta la roca un joven al que la roca había impresionado desde su niñez. Como vivía cerca, podía verla desde su casa, por lo que se pasaba las tardes apreciándola e imaginándose los cables con los que supuestamente estaba sujeta. No obstante, la imagen de su niñez no fue confirmada en la realidad, pues la roca no tenía los cables ni las cadenas que él esperaba ver. Entonces fue al pueblo de Juluapan, donde descubrió que los indígenas desarrollaban sus vidas sin preocuparse por la dichosa piedra. Por el contrario, los encontró ocupados fabricando sombreros blancos con hojas de palma real. Un poco decepcionado, el joven dejó el pueblo atrás, no sin echarle un último vistazo a la roca, en cuya cima pudo observar unos cuantos brotes de vegetación.
Varios años después, el joven volvió cuando ya era un hombre y se alojó en un rancho que estaba al pie de la piedra. Dentro de las paredes humildes, dada la proximidad del peñasco, el hombre conversó con el estanciero sobre este. Entonces el ranchero le confesó que nadie había podido escalar la roca ni mucho menos llegar a su cima, pues el terreno era difícil de sortear. Al escuchar esto, un viejo poeta indígena que estaba ahí dijo que la piedra estaba encantada, y por eso nadie había estado en su cumbre. A pesar de eso, según contó, había un gran tesoro oculto dentro desde la época de la colonia. Como esta roca fungía como templo indígena, sus puertas estaban cerradas para las personas del común, pero una vez al año se abren y se pueden escuchar las plegarias que le hacen los nativos a sus dioses. Para corroborar sus palabras, afirmó que en ciertas fechas se podía ver una columna de humo blanco que subía desde la roca hasta el cielo. Además, añadió, hay quienes afirman que en la cima hay una mujer con un vestido blanco y una mitra sobre su cabeza, que probablemente sería una sacerdotisa. En tono de burla, el propietario del rancho le dijo que a lo mejor estaba ya muy ebrio, y el hombre río; pero el poeta se molestó, acusándolos de no ignorar los grandes secretos que ocultaba la roca.
Tiempo después, alguien le comentó al hombre que el propietario de la hacienda del Platanarillo se había hecho rico por un extraño suceso. Este, que trabajaba como maestro de escuela y en un comienzo era muy pobre, había recibido la visita de un bandido que robaba en los caminos de Colima y Jalisco. El bandido estaba herido y la madre del maestro lo curó, por lo cual este le confió un secreto: había dejado oculto un tesoro en la piedra de Juluapan. Por supuesto, ninguno dudo de la palabra del moribundo, pues este conocía de arriba abajo los terrenos de Juluapan y no tenía razón para mentir en sus últimos momentos. Revelado el secreto, el bandido finalmente murió a los pocos minutos. Siguiendo las instrucciones que le había dado el difunto, el maestro de escuela escaló el cerro y encontró una cueva dentro de la piedra de Juluapan, donde descubrió un gran tesoro. Gracias a este, pudo comprar la hacienda del Platanarillo.
Investigando más sobre la piedra, el hombre descubrió que, tal y como lo señalaba el poeta en la estancia, anteriormente había vivido un rey azteca en la región, de nombre Ix, que quiere decir “ojo”. Este gobernaba sobre el reino de Colimán desde una hermosa ciudad, comerciando con las tierras más lejanas. Así, cuando se enteró de que un prócer chino, Wang Wei, tenía una visita en la bahía de Manzanillo con los conquistadores españoles, decidió invitarlo a su corte para que presenciara la gran cultura azteca. El chino aceptó y se le atendió en Colimán con toda clase de atenciones. Un día, durante su estancia en esta región, el preguntó a Ix qué era esa montaña, pues pensaba que era una tumba o un templo. Cuando Ix le dijo que no era nada de eso, el chino le respondió que sería una tumba apropiada para una persona como él.
Terminada su visita en Colimán, Wang Wei le regaló una gran cantidad de joyas y tesoros traídos de oriente a Ix, en agradecimiento por su hospitalidad. Como respuesta, Ix le regaló diez de sus esclavas más hermosas y varios presentes más
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