Según cuenta Raúl Jardón, en octubre del año 1900 se regó la noticia de que habían asesinado a una persona en la cueva del manzano, donde además estaba escondido un gran tesoro. Las personas del lugar no paraban de hablar de otra cosa, incluso se organizaron expediciones para explorar la zona en busca de la fortuna perdida, pero no hubo ningún éxito. Es de anotar que hasta el emperador Maximiliano envió hombres a busca el tesoro en vano. Sin embargo, luego de algunos años, dos hombres de la región, Antonio Martínez y su amigo Enrique, a quien quería como a un hermano, descubrieron unos escritos en donde se hablaba de la existencia del tesoro. Esto los sorprendió porque no habían escuchado hablar de él, seguramente porque la gente del pasado lo olvidó al no poder encontrarlo. Entonces los dos amigos se reunieron en un par de ocasiones para hablar del asunto, una de ellas en un café muy concurrido. En la mesa estaba Enrique, Antonio y un tercer hombre, Teodoro. Enrique le comentó en broma lo del tesoro de a Teodoro, quien le pidió que le dejara ver los papeles. Sin embargo, este no se los entregó. Poco después, Enrique y Antonio salieron del café y este le advirtió que fuera más discreto.
Luego de planearlo bien todo, los dos amigos salieron de su pueblo con dirección a la montaña, caminando a lo largo de todo el día. Como todavía no alcanzaban el lugar señalado por los escritos, tuvieron que improvisar un campamento junto al volcán de Toluca para pasar la noche
Enrique se incorporó al escuchar el lamento y corrió hasta el lugar de donde provenía. Sus pasos eran torpes en medio de las tinieblas y no podía descifrar en dónde estaba o de qué lugar pedían auxilia. De pronto, escuchó una voz que le decía: «¡Dame los papeles! ¿Dónde está los papeles?». Enrique miró en todas las direcciones sin poder distinguir nada con sus ojos. Cuando de pronto, pudo escuchar un ruido y después sintió un fuerte golpe en la cabeza.
Varios días después, Enrique despertó en una camilla del hospital de la región. Había pasado varios días inconsciente. Uno de los enfermos que estaba en la misma sala le explicó que lo habían encontrado en el fondo de una cueva con una herida en la cabeza. Cuando fue examinado por el doctor, este dijo que no había remedio, que iba a morir pronto. Pero sobrevivió y ahí estaba. Algunos días después, llegaron personas del juzgado para preguntarle qué había pasado. Este les contó todo lo sucedido sin guardarse ningún secreto. Entonces el juez le preguntó en persona que quién había matado a Antonio. Hasta ese momento, Enrique no había podido pensar en su amigo, pero ahora estaba desconcertado con la mala noticia. Aun así, el problema era peor, pues el juez sospechaba de él. Así que, antes de irse con la confesión firmada, le advirtió que lo mejor sería que admitiera su crimen. El juez salió y Enrique quedó en la camilla, destrozado.
Después de salir del hospital, Enrique sufrió un juicio en el que descubrió que Antonio había sido acuchillado y que el arma homicida había sido su cuchillo. Sin haber podido probar su inocencia y por ser el principal sospechoso, pues era la única persona que se encontraba con el muerto en aquel lugar y era el propietario del cuchillo, Enrique fue condenado a quince años de prisión. Según la versión del juez, el móvil del asesinato había sido la ambición. Enrique había apuñalado a su amigo y este lo había lanzado por el barranco al tratar de defenderse; lo cual no era recordado por el victimario al haber sufrido amnesia por el golpe. Enrique no recordaba las cosas así, pero igual fue encarcelado.
Varios años después, mientras seguía recluido, escuchó rumores entre los presos de que la revolución había estallado. Así que trasladaron a diversos presos para enviarlos al frente y Enrique fue enviado primero Toluca y luego a México
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