Cuenta la leyenda, que a comienzos de 1778 falleció el padre Agustín de San José, procedente de Zeolledo, Castillo la Vieja, con 78 años de edad y 62 de oficio. Todos en su ciudad lo respetaban y lo tenían como ejemplo. Había tenido oportunidades de ser mil cosas, de obtener los favores de los más poderosos y el amor de las mujeres más hermosas, pero habría preferido dedicarse a Cristo. Ya dentro del convento, sus compañeros los conocían por su silencio, pues nunca decía una palabra que estuviera de más. Además de esto, era un hombre muy caritativo que siempre ayudaba a los más necesitados. También consiguió confesar a cientos de personas a lo largo de toda su vida, dándoles el perdón de Dios y devolviéndole la paz a sus almas. Así, mientras sus hermanos aprovechaban la hora de la siesta para dormir un poco o adelantar lecturas, él se la pasaba confesando personas. En esto era terriblemente estricto, pues sólo le daba la absolución a quienes él pensaba que la merecían, dejando sin perdón a aquellos que habían cometido crímenes inhumanos.
Pese a todas sus buenas acciones, en las que pueden contarse también sus incursiones en pueblos vecinos y la gran paciencia que tenía para todos lo que se acercaban a él, el fraile Agustín de San José siempre será recordado por un episodio bien particular de su vida.
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